El show de medio tiempo de Super Bowl LX, protagonizado por Bad Bunny, no solo fue un evento musical, sino un fenómeno de métricas que desafió la narrativa política del actual gobierno de los Estados Unidos.
Desde el punto de vista puramente deportivo y comercial, la apuesta de la NFL por el mercado latino dio frutos históricos. Según datos preliminares de Nielsen: 128.2 millones de espectadores promedio sintonizaron el show de medio tiempo, superando la audiencia media del propio partido (124.9 millones). Fue el cuarto show de medio tiempo más visto de la historia, solo detrás de hitos como los de Kendrick Lamar (2025) y Michael Jackson. En plataformas sociales, el video del cierre con la frase «Together We Are America» rompió el récord de la NFL con 179 millones de reproducciones en menos de 24 horas.
Mientras el Levi’s Stadium vibraba al ritmo de El Apagón, la tensión escalaba fuera de la cancha. El presidente Donald Trump, quien ya había calificado la elección del artista como «ridícula» meses antes, no tardó en atacar desde sus redes sociales:
«Una bofetada a nuestro país. El peor show de la historia. Nadie entiende lo que dice», sentenció el mandatario.
El «enfrentamiento» no fue solo verbal. Sectores conservadores lanzaron el “All American Halftime Show” como contra-programación (liderado por Kid Rock), que aunque alcanzó 6 millones de vistas, fue eclipsado por el alcance global del puertorriqueño. Para los analistas, Bad Bunny utilizó el escenario más grande del deporte estadounidense para responder a la retórica migratoria de la administración Trump, redefiniendo el concepto de «América» como un continente y no solo como un país.
Para la liga, este show representa un éxito estratégico pero un riesgo de relaciones públicas. La NFL busca desesperadamente consolidar su base de fans latinos (estimada en más de 30 millones en EE. UU.), y Bad Bunny es el «MVP» de esa demografía. Sin embargo, el costo ha sido entrar en una guerra cultural directa con la Casa Blanca.
El Super Bowl LX será recordado no solo por el resultado del juego, sino como el día en que un balón de fútbol americano sirvió para lanzar un mensaje de resistencia cultural que resonó mucho más fuerte que cualquier silbato arbitral.